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La historia del Ciprés


El ciprés común es un árbol mediterráneo que puede alcanzar hasta 30 metros de altura. Su tronco es estrecho y su copa es compacta y muy alargada, en forma cónica.

Su nombre científico, Cupressus sempervirens, hace referencia a la isla de Chipre, de donde procede la especie, así como al concepto «siempre vigoroso», ya que puede vivir hasta 300 años sin recibir apenas cuidados. Por este motivo se ha utilizado para reforestar algunos puntos de la Península Ibérica.

Los cipreses se suelen plantar formando hileras que hacen de cortavientos y que aportan intimidad a viviendas, fincas y camposantos. Además, sus raíces crecen hacia abajo, sin dañar las tumbas.


Las infusiones de hoja de ciprés mejoran la circulación sanguínea. A su resina se le atribuyen propiedades antisépticas para sanar heridas. La madera se utiliza en ebanistería y también para construir buques. De hecho, se dice que el arca de Noé era de madera de ciprés.


No está clara la procedencia de su simbología funeraria. Se piensa, dado que es un árbol que siempre está verde y majestuosamente apuntando al cielo, que ayudaba a las almas de los muertos a elevarse en esa dirección. De acuerdo con Teofrasto, el ciprés común estaba consagrado a Hades, el dios de la muerte, ya que sus raíces nunca daban nuevos brotes una vez talado el árbol. Horacio indica que los antiguos enterraban a los muertos con una rama de ciprés y envolvían el cuerpo con sus hojas. Por su parte, Plinio comenta que una rama de ciprés colgada en la puerta de una casa era un signo fúnebre. En otras zonas el ciprés fue considerado como un símbolo de hospitalidad. En la antigüedad se plantaban a la puerta de una vivienda dos cipreses para indicar a los viajeros que la hospitalidad de la casa les ofrecía comida y cama durante unos días. En la Biblia aparece varias veces el ciprés. En el Templo de Salomón se utilizó su madera junto con la del cedro. Incluso se ha comentado que el arca de Noé fue construida con esta madera. El monasterio de Santo Toribio de Liébana es principalmente conocido por albergar el Lignum Crucis, un fragmento que se dice perteneció a la Cruz de Cristo. La Iglesia lo admite como auténtico y ciertos estudios científicos han dado como resultado que la madera es de ciprés y que su antigüedad podría ser de unos 2.000 años. A lo largo de la historia aparece la madera de ciprés en la construcción naval. Alejandro Magno empleó ciprés de Chipre y Fenicia para construir la flota de Eúfrates. Durante el imperio Otomano se destruyeron gran parte de los bosques de cipreses de Anatolia y el norte de África por el uso masivo de su madera en la construcción y renovación de las flotas. Respecto a la característica de la durabilidad de la madera de ciprés, se suele citar que una de las puertas de Constantinopla, que fue colocada en el reinado de Constantino el Grande, se hallaba en perfectas condiciones mil años después. Por otro lado, las puertas de la Basílica de San Pedro en el Vaticano son de este árbol y transcurridos mil doscientos años, siguen sin mostrar signos visibles de deterioro. Se dice que algunos de los cipreses que pueden encontrarse en los jardines de los baños termales del emperador Diocleciano en Roma, fueron plantados por el propio Miguel Ángel. Actualmente, el porte de estos árboles es una firma característica de los paisajes mediterráneos de pueblos y ciudades.

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